Sería largo, y anecdótico, hablar sobre los escritores a quienes no les bastó con crear un mundo sino que decidieron destruir el propio. Digamos que la literatura, a diferencia de lo que comúnmente se cree, ni siquiera sirve para ahorrarnos un psicoanálisis, y que el simple hecho de crear, de producir una obra artística, no es suficiente para salvarnos del absurdo, del temor, de la desesperación. En la lista de escritores suicidas se encuentran Cesare Pavese, Virginia Woolf (con su obsesión ofeliana por el agua), Ernest Hemingway (gran cazador que acabó cazándose a sí mismo con un disparo de escopeta), Sandor Marai, Paul Celan y Primo Levi. Pero, como digo, esto es anecdótico. Más resquemor despiertan aquellos autores que jamás lo supieron (es decir, que eran autores) porque murieron antes: ahí está el caso de John Kennedy Toole y La conjura de los necios. Dicen que se deprimió tanto al no encontrar editor para su novela, que se mató. Luego el libro se publicó gracias a una gestión de su madre y se convirtió en obra de culto. En parte así le ocurrió a Sandor Marai, porque su verdadero triunfo no vino sino después de su suicidio.
Sin embargo, no creo que sea posible concebir exterminio más absoluto para un escritor que la destrucción de su obra. Me pregunto cuántas criaturas anónimas lograron cumplir el deseo de inmolación final que Kafka pidió a su amigo Max Brod (quemar todos sus manuscritos). Para bien del mundo, Brod desobedeció. Pero ¿cuántos escritores (porque escritor es el que escribe) tuvieron amigos más leales, o más idiotas, o menos intuitivos? ¿Existieron, acaso, Ilíadas que se disolvieron en la nada, Hamlets que el mundo no conocerá, Búsquedas del tiempo perdido irremisiblemente perdidas?
Nada nos asegura que aquello que queda sea lo único que ha habido. Nada nos dice que aquello que no se suicida sea lo único que merecía vivir. Las papeleras (y las hogueras) tienen su propia, innúmera, terrible biblioteca de olvidos arrugados que nadie leyó ni leerá, y allí se quedan.
José Carlos Somoza