tan cerca,tan lejos...

domingo, 23 de octubre de 2005

El juego de las lagrimas.

fotos.miarroba.com


POR VICENTE MAZON



Imaginémonos dos hombres de caracteres opuestos, de hábitos irreconciliables. No es necesario que vivan en regiones alejadas del planeta; sí se requiere que cultiven aficiones, virtudes y veleidades contra- dictorias. Denominémoslos "espíritus antí- podas". Pues bien, sostengo que estos dos hombres precisarían el uno del otro, por muy distantes que estuviesen.
Juan Manuel de Prada


Es una historia extraña. Una historia sencilla sobre el dos y lo que cabe en él. Una historia sobre círculos que se cierran en torno a emociones humanas, con el trasfondo de la lira irlandesa, la lucha, las tensiones... las lágrimas.

En Juego de lágrimas (1992) Neil Jordan, director y guionista, no oculta nada, es uno de esos escasos tejedores de relatos que dejan señales para que el espectador las interprete. Por qué, si no, ese comienzo para la cinta: el cielo azul sucio a la caída de la tarde; un travelling circular -y no de otra manera- en torno a una feria ubicada en la playa, donde la noria -circular- es el punto de referencia; una canción que envuelve, y no sin ironías, en su título cuanto va a ocurrir desde ese instante hasta el final, "When a man love a woman"/ "Cuando un hombre ama a una mujer". Juegos premonitorios de lo que ha de venir, el título no es casual: toda una concepción circular del destino, por una parte; por la otra, las máscaras fuera del carnaval, las apariencias.

En el escenario Jody/Forest Whitaker, un soldadito británico al servicio de su graciosa majestad, con un nosequé de angelito negro malicioso, se deja enredar como un títere por las curvas y la frialdad rubia de Jud/Miranda Richardson, cebo erótico con el que el Ejército Republicano Irlandés pretende cobrarse una pieza que cambiar por uno de sus miembros apresado. La farsa busca el camino hacia la tragedia: en una situación de pulso entre el gobierno británico y los activistas del IRA no caben intercambios, nadie cede y de sobra se sabe que inexorablemente el secuestro ha de convertirse en ejecución, en ningún momento Jody lo duda.

Toda privación de libertad supone una situación límite, una posición de marginalidad frente a lo cotidiano que puede ofrecer resultados interesantes si se la sabe llevar bien, como es el caso. Una cabaña en el bosque eternamente verde de Irlanda. Nada de zulos oscuros donde encerrar a la víctima, sino un invernadero de cristal, envuelto por enredaderas e hiedra, para que podamos contemplar cuanto ocurre dentro: las discusiones entre Peter, el líder del comando, y sus subordinados; Jud, la bruja del cuento de hadas, que exhibe su desprecio ante el prisionero negro -"es un animal", "una bestia en celo"- de acuerdo con uno de esos tópicos que se atribuyen a los irlandeses, según Jody nos apunta -lo destinaron "al único sitio donde lo llaman a uno negro para insultar"-, mientras que ella acosa, paradójicamente, a Fergus; y las relaciones nada canónicas entre el reo y su verdugo. Siempre el dos lleno de tensiones y originalidades.

El dos puede ir del blanco al negro y admitir la inversión de cuanto se encierra en él; por qué los síndromes de Estocolmo tienen que afectar siempre al más débil en una situación como la planteada, especialmente cuando se trata de hombres antípodas. Jody, el secuestrado, negro, británico, gordo, cabellos cortos, soldado que huye del paro, que con el ejército lleva a cabo una misión y descansa, y con una intuición psicológica que la quisiera para sí el mejor psicólogo argentino. Fergus/Stephen Rea, el secuestrador, blanquísimo, irlandés, delgado, melena rizada, voluntario del IRA que defiende sus ideales y no tiene descanso en las acciones, y con una cara de buena gente que traiciona su vocación de pistolero. Jody, con malicia, aferrándose a lo que puede para salvarse, quizás intentando vivir a través del otro más allá de su muerte, prepara una red que poco a poco envuelve a Fergus y le marca el resto de la vida: sabe que la amistad del verdugo es el único escudo que puede protegerlo. Y así le va ofreciendo detalles sobre sí mismo, nimiedades que atan con fuerza: aficiones como el cricket, nombres de pubs, The Metro, fotos, amores inolvidables, Dil... Le espeta frases que le hunden la línea de flotación buscando un hilo que los una -"tú eres bueno, es tu carácter", "tú y yo tenemos gustos sencillos"-; y definitivamente gana su complicidad a través de la fábula del escorpión y la rana que deben cruzar juntos el río, enfrentándose a lo que cada uno es, "si tú murieras, nos ahogaríamos los dos": porque los antípodas tienen un destino común, si uno se hunde, arrastra al otro. Aunque se plantea la duda sobre quién es el escorpión que envenena a la rana. En este punto Dil se va presentando como la burla última de Jody: Dil/Jaye Davidson, la "chica" de la foto, sexi, glamurosa, irresistible, pese a que, con una sonrisa en los labios, el soldado le advierte a Fergus y, por qué no, a nosotros, "a ti no te va, puedes jurar que no". Por fin, poco antes de que la tragedia, inevitable por las cartas que juega el destino, acabe con la vida de Jody y no por una bala de Fergus, incapaz de disparar, sino porque los propios soldados británicos lo atropellan, le pide al terrorista: "¿Podrás hacerme un favor?", "ve a buscarla y dile que pensaba en ella". ¿Qué mayor veneno que ese?

Tras la destrucción del comando del IRA, Fergus pasa al otro lado, a Inglaterra, con una nueva identidad, ahora es escocés y se llama Jim. Más máscaras, el dos que se abre dentro del individuo. Y el veneno se ha hecho dueño de cuanto es y su vida no es más que la estela de un muerto, pues sólo vive para recuperar o proseguir con cuanto no vivirá el soldado y su espectro vestido de jugador de cricket lo persigue cada noche. Así, inevitablemente, se produce el encuentro con Dil, que como él y con supersticiones de viuda rinde culto a un fantasma. Entre ellos -nuevamente el dos- se establece una relación amorosa que va cerrando el círculo; no se trata de una historia dominada por el sexo, es una historia antigua, la historia de un hombre anticuado, un caballero, que ama a una mujer y lucha por ella y la defiende y el amor se le vuelve pasión. "¿Quién conoce los secretos del corazón humano?", se pregunta con doble sentido el barman de The Metro, mientras Jaye Davidson, hermosísima, enamora a la cámara y al espectador como sólo lo hacían las grandes damas del cine, hasta que se nos descubre el desnudo de Dil, un cuerpo moreno, armonioso, pero de hombre. Y cuando Fergus vomita porque todos menos él conocían el secreto de Dil -la duplicidad que se oculta en el uno-, también el espectador despistado ve cómo se tambalea su virilidad. Pero ya es tarde, a estas alturas no hay retorno: todos hemos sido seducidos por Dil; su voz, los gestos, la dulzura, la mirada, la manera de acercarse pausadamente se nos han grabado muy adentro; la interpretación magistral de Jaye Davidson ha alcanzado su meta. El juego de las apariencias nos ha derrotado y como Fergus no tenemos más que aceptar un amor imposible. La venganza de Jody se ha cumplido: su fantasma surge triunfal y sonríe en la oscuridad.

Lo que resta del filme es el enfrentamiento final ante las lealtades personales, la elección de Fergus, ya no Jim, entre los ideales patrióticos y políticos del IRA, representados por el regreso de Jud, ahora morena, y Peter, o los sentimientos encarnados por Dil. En definitiva, se nos enfrenta a nosotros mismos ante las ideas o las emociones. La elección es fácil y, probablemente, como Fergus lo universal se nos impondrá a lo nacional. Por eso, sólo por eso, el terrorista intentará proteger a su "chica" y por ella terminará en la cárcel. Por eso, por amor, Dil pierde su cabello y con él el aspecto femenino y visita a Fergus en la prisión cada semana. No deja de sorprenderme la maestría con la que Neil Jordan, con un guión como éste, que le valió un óscar, remata la relación entre los protagonistas, nuevamente remitiéndonos al juego de máscaras y mentiras que es la realidad: en la escena en la que Dil ata a su cama a Fergus intentando saber cuál es su verdad, se deja caer sobre su pecho y recurre a una escena de todos conocida, la de Johnny Guitar (1953) de Nicholas Ray, "miénteme y di...". Quién duda que amamos tal y como aprendemos o vivimos en el cine o en la literatura. Qué sería de nuestras emociones de no mediar en ellas los referentes culturales que se van haciendo parte de nosotros. Vivimos como leemos o vemos cine, y en este sentido Dil se convierte en un símbolo universal.

Es una historia extraña, efectivamente, pero guarda en sus fotogramas, en su círculo perfecto, algo que todos llevamos dentro: el dos, las duplicidades que no confesamos, las emociones que contenemos, las máscaras que nos colocamos cada día, el gran secreto de que los antípodas habitan en cada uno de nosotros. Es una película extraña, que nos vuelca al mundo de las emociones, al juego tramposo de las lágrimas y que crea personajes inmortales, actores que no se olvidan, de esos que pocas veces vagan por la pantalla y que, como en el caso de Dil/Jaye Davidson perduran en la memoria aunque no se dejen ver más que en contadas ocasiones a través de Stargate, de una puerta en las estrellas encarnando a antiguos faraones.
Publicado por angelsecreto @ 7:05 | 0 Comentarios | Enviar

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