Si se pudiera regresar a esos años
en los que la entrega era una necesidad satisfecha
un paso diario
una campanada en el reloj de la iglesia;
si se pudiera tomar una mano en el cine de la esquina
y besarla con los dedos
imitando labios
palpar la calidez de aquellos cuerpos tiernos
como el mío de entonces,
atarme a sentimientos
en un ir y retornar de poemas rimados
que cuentan del sol y la luna
de corazones y sueños.
Si se pudiera abrir las ventanas
con ese latido en el pecho
al ver que llega por la esquina
caminando
porque no hay nadie en casa
y podremos amarnos sobre una cama
con la ropa escondida en el baño
por si llegan correr a vestirnos
y sin lavarnos las manos tener que saludar al vecino
que llegó a llamar por mi teléfono
el único de la cuadra.
Si una guitarra volviera a ser mi amada
para ir a una base de campismo
y retomar el último beso hasta la próxima temporada,
aplacar el hambre con un té en aquella casa de la Habana Vieja
diseñada para sentarse a conversar
con un par de tasas entre cuatro pupilas.
Si se pudiera aprovechar la oscuridad de un parque apartado
y sin bancos
para un apretón de cuerpos
entre hierbas y algún arbusto,
esperar su día de guardia en la universidad
para encender el amor sobre su pupitre,
sentarse a que amanezca en el Malecón,
o regresar caminando en la madrugada desde el túnel de La Habana
hasta Marianao
y acompañarle a tomar la guagua a la Lisa
para felizmente cansado irme a dormir hasta el mediodía del domingo.
Si pudiera volver a sentir ese impulso irrefrenable
que no se detenía
reinventar un veinticinco de agosto y reconocerle
en medio de una fiestecilla de la universidad
llevarle a caminar por esa ciudad descascarada y hermosa,
Celestina nuestra.
Irnos nuevamente a la Isla de la Juventud
-llena de pinos -
a bañarnos en aquella ducha prestada
demorarnos porque el ombligo está sucio
o la espalda o la rodilla
por única oportunidad en toda una vida.
Pero no se puede
nos llevó el destino lejos
nos cayeron los años
se quedó el susto atrás
la inocencia se ha ido
y ambos recordamos a veces
como todos los no adolescentes,
hundidos en una melancolía momentánea
que poco a poco se consume
y va su humo al cielo
a la misma nube que otro adolescente
de este tiempo
adora.
NELSON JIMÉNEZ VIVERO