Hoy en día, bueno,antes del Internet, encontramos la obra infantil de Martí, La Edad de Oro, en las librerías y bibliotecas en forma de un libro. En realidad fue una revista mensual que Martí publicó para los niños,y para las niñas, por supuesto!. Durante su larga estancia en Nueva York y en el proceso de preparar una revolución para liberar a Cuba de los abusos que cometía allí el Imperio Español, Martí nunca no se olvidó de !la esperanza del mundo!. Con un esfuerzo sobrenatural logró publicar esta obra para la posteridad de América.
Por razones que no han de ser difíciles de imaginar en un hombre con tantas responsabilidades, Martí eventualmente tuvo que suprimir esta labor. Sólo cuatro números le fueron posibles imprimir. A pesar que todos los que hemos leído esta obra nos hemos maravillado, fue tan perfecta, que no se ha podido continuar.
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Por Félix Pita Rodríguez
El genio siempre es la desmesura. Nunca se conforma, como la inteligencia o el talento, con el enclaustramiento de algo semejante a la perfección, a lo maravilloso y tremendamente perfecto. Como el sol, va siempre al horizonte, en busca de las raíces, del centro mismo que constituye la real semilla. Cuando Martí se asomó a la infancia fue a buscar en ella, también, las raíces. No se contentó, ni quiso, dar una imagen armoniosa o supuestamente perfecta de esa infancia. Fue en busca de la esencia misma que forma al niño y el estallido de esa indagación fue la desmesura increíblemente hermosa de La Edad de Oro. Nadie antes de él -y los que le siguieron después lo hicieron siguiendo sus pasos- llegó tan profundamente al alma de la infancia. Pero su afán renovador, su hermosa persecución de lo perfecto lo llevó a estructurar con palabras la base misma de una infancia en la que él estaba viendo las nuevas generaciones de hombres del mañana. Por eso La Edad de Oro roturó tan hondamente en el espíritu de todos los que después quisimos seguir esos caminos. Como una gran puerta que él sólo y únicamente él supo abrir, nos permitió asomarnos limpiamente a los hombres que iban a venir. Una vez más, como en todo, nos señaló el camino, nos enseñó dónde estaba y cuál era la meta. Quien una vez abrió las páginas inefables de La Edad de Oro se topó de repente con la desmesura del genio, capaz de saberlo todo, de intuirlo todo, de adivinarlo todo. A él, tenemos que agradecerle todo lo que gracias a él pudimos aprender para siempre.
Publicado en CubaLiteraria, Enero 28, 2005